Cuando un recién nacido llega a la casa

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Muchas cosas nos pasan por la cabeza una vez que nos encontramos con nuestro primer hijo en la casa por primera vez. Ya no hay matronas, enfermeras o auxiliares que nos ayuden con la tarea. Ahora somos nosotros y nuestro retoño.

La guagua se ve minúscula dentro de la cunita que tan amorosamente preparamos, tenemos bolsas llenas de regalos y pañales, hemos leído, preguntado y conversado sobre este momento. Hasta hace pocos días nuestra panza y nosotros éramos las protagonistas. Ahora los papeles se han invertido y debemos a atender a nuestra guagua aplicando todo lo aprendido. Pero por más perfectas que intentemos ser, siempre metemos la pata y es bueno reírse de eso.

Aún recuerdo cuando una amiga pensó con espanto a las 3 de la mañana, que ese día no le había dado el baño de vaselina a su pequeña de 4 días y en su afán por cumplir, decidió ¡despertarla! desvestirla y pasarle el algodón con agüita por todo el cuerpo. Le habían dicho que era importante que lo hiciera todos los días para que la piel estuviera humectada. La pobre sintió que si no lo hacía, sería gravísimo. Obviamente meses después se reía de sí misma.

También yo me río al recordar que durante los primeros meses de Ema dormimos siempre con una luz prendida. Mi angustia por no verla apenas emitía un quejido era tanta, que obligué a mi marido a tener una lamparita encendida por ¡casi 4 meses!

Pero todas las que hemos sido madres hemos cometido locuras y puede aliviarte saber que hemos tenido las mismas dudas existenciales de si realmente nos la podremos con esta nueva aventura.

Como ese primer mes no es fácil para nadie te cuento algunos datos que me ayudaron:

  • Es normal que tu guagua duerma en el día y en la noche esté más activa. Seguramente en tu guata era igual: en las noches pateaba sin dejarte dormir y en el día ni la sentías. Salen con el horario cambiado. Y cuando se duermen, crujen y suenan, y uno cree que se están ahogando. Pero de a poco se regulan y de a poco dejará de hacer ruidos. No te sorprendas si entre las 7 de la tarde y las 11 de la noche no se quiere quedar dormida. Por algo hay gente que le dice “la hora de las guaguas”. Con la mayor yo me desesperaba, porque no lograba hacerla dormir y yo quería ir a comer y conversar de temas “adultos”. Con la tercera, simplemente me entregué y la dejaba despierta entre nosotros haciendo gracias hasta que cerca de medianoche. Ahí tomaba su papa y se dormía tranquila.
  • Todavía no hay nada que “enseñarle”. Lo único que tu guagua necesita es sentirse adorada. Después de salir del paraíso que es el útero, el mundo externo puede ser bastante frío y duro. Así que atenderla cada vez que llora, es lo único que le enseñará que a no llorar. Tu hijo apenas está aprendiendo a distinguir los millones de estímulos nuevos: desde el roce de la ropa hasta el sonido de su propio llanto. Por lo tanto, acunarlo, tomarlo y calmarlo, y darle papa las veces que quiera no lo “malcriará” ni un poco.
  • Es normal que no sepas cuándo empezó el día. Al principio es tanto el cansancio y tantas las veces que uno se despierta habiendo dormido nada, que nunca sabes muy bien si el día empezó a las 2am, 4am, a las 6am o a las 10 cuando finalmente te levantaste. Durante el primer mes yo tenía la idea de que vivía un día ETERNO, siempre levantándome y volviéndome a dormir.
  • Con las papas, te puede ayudar tener un “cuaderno de lactancia”. Como uno está cansada, la memoria falla y nunca te acuerdas bien cuánto rato tomó o dónde terminaste (yo ni siquiera me acordaba de “cambiar” el estado del sostén). Entonces anotaba todo cada vez: Día y hora. Pecho Izquierdo (PI): 20 min Pecho Derecho (PD): 15 min. Muda: sólo pipí. Así sabía perfecto en qué pechuga había terminado, cuántas papas había dado en 24 horas y cuántas mudas. Esas son las típicas preguntas del pediatra al control de los 7 días y vale la pena estar preparada. Con Lía, la tercera, descubrí aplicaciones para el teléfono que reemplazaron el cuaderno. Yo usé “Smallnest”, pero hay muchas que te pueden servir en esta tarea.
  • Es normal tener variaciones del ánimo como de montaña rusa. Las hormonas andan tan revueltas que puedes tener una felicidad enorme y al segundo sentir un agobio atroz. A mí me pasaba con Max que cada vez que le daba papa, me bajaban unas ganas locas de llorar. Pero de SO-LLO-ZAR. Me bajaba la leche y me bajaba la pena. Y eso no tenía nada que ver con que no lo quisiera o estuviera triste. Apenas pasaban los primeros minutos, mi ánimo volvía a estar normal. Con la Lía, todavía al sexto mes me daban náuseas justo antes, y así sabía que la leche estaba por bajar. Rarísimo, pero las hormonas se están dando un festín contigo.
  • Recuerda siempre que eres la mamá perfecta para tu hijo. Y tu hijo es perfecto para ti. Nadie los está evaluando y él no te está comparando. Aunque suene a consejo de abuela, disfruta ese momento en que eres tú y él, y lo tienes a tu disposición para abrazarlo y besarlo todo lo que quieras. Tal como dicen: ¡el tiempo pasa volando!

 

Cuéntanos alguna anécdota del primer mes con tu hijo.

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