Errores que debes evitar al enseñarle a nadar a tu hijo

errores que debes evitar al enseñar a nadar a tu hijo

Esta semana me he lanzado de lleno a intentar enseñarle a nadar a Lía, la más tímida de los tres para el agua. Y la empresa no está fácil porque sin querer he cometido errores de puro ignorante y apurete.

Mis dos hijos mayores aprendieron a nadar solos. Su relación con el agua -salvo cuando se lavan el pelo- siempre ha sido amistosa y de mucho gusto. Ambos usaron chalecos salvavidas en vez de “alitas”, pero ambos también aprendieron a tirarse solos, a bucear solos y a moverse con cierto estilo. Hace algunos años les tomé una clases de perfeccionamiento y quedaron listos. La piscina dejó de ser ese tema que me aterraba cada verano.

Pero con Lía, la menor de 4 años, el tema ha sido distinto. El agua no le produce la misma confianza que a sus hermanos. Y si bien le atrae, le tiene mucho respeto o para decirlo derechamente: miedo. Me recuerda mucho a mí misma. Mi temor al agua -inexplicable si pensamos que soy piscis- me detuvo de disfrutarla durante muchos años. Finalmente a los 10, cuando la vergüenza de usar “alitas” y los cumpleaños con piscina hacían insostenible la situación, decidí probar qué pasaba si levantaba las piernas del fondo e intentaba flotar. Mi sensación de maravilla al sentirme liviana y sostenida por ese medio líquido, fue tan grande, que no quiero que ella se demore la misma cantidad de tiempo.

Así que me he propuesto enseñarle a nadar no solo porque es un placer, sino como un deporte que se puede disfrutar de muchas maneras y también como protección: saber nadar puede salvar su vida.

Después de investigar y probar, he llegado a la conclusión que los tres puntos básicos para empezar a nadar son:

Patalear:

La clave para sostener el cuerpo en el agua sin hundirse, es mover las piernas todo el tiempo. Para mi hija no ha sido natural mover las piernas en el agua, así que le he pedido que se agarre de mi cuello y con las dos manos he tomado sus pies para enseñarle cómo debe moverlos. Rápidamente ha entendido a qué me refiero con patalear y si bien a veces se le olvida, yo se lo estoy recordando constantemente.

Flotar de espalda:

Esto solo se logra cuando el cuerpo se relaja y se deja sostener por el agua. El secreto es poner el cuerpo de espalda y levantar la vista para “mirar” lo más atrás posible. Mientras más cerca está el agua de la frente, más difícil es hundirse. Lía aún teme hacerlo, pero lo seguimos intentando conmigo afirmándole la espalda y cantándole para relajarla, como si la llevara en brazos.

Hundir la cabeza:

Para enseñarle a una guagua (mayor de 6 meses) cómo aguantar el aire, el truco está en mirarla de frente, soplarle su cara con fuerza y luego hundirla por un segundo. La reacción natural al recibir el soplido, será aspirar aire. Al hundirla y sacarla inmediatamente, aprenderá a no aspirar dentro del agua.

Pero como Lía ya es más grande y entiende el concepto de aguantar, partimos aprendiendo a hacer burbujas. Como un juego. Soplar el agua y aprender a escupirla en caso de tragarla sin querer.

Luego hemos hecho el juego de hundir la cabeza aguantar mucho aire y tapándose la nariz para luego hundir la cara y levantarla de inmediato. Lía logró esto hace dos días parada en la escalera de la piscina, y su sensación de éxito y alegría fue maravillosa. Muy rápidamente quiso hacer la misma prueba pero nadando con sus salvavidas.

En este proceso he cometido algunos errores que hay que evitar.

Nadar no es un deber, es un juego:

Para que nadar sea algo placentero, la sensación de estar en el agua debe ser experimentada como algo entretenido. Para esto es clave que nuestros niños lo pasen bien y para eso, usar juguetes puede ayudar. Mi hija es especialmente fanática de esos monitos de plástico que se rellenan con agua y luego se aprietan. Ha sido una buena manera de que aprenda a “resistir” la sensación de agua en la cara o que la salpiquen los más grandes.

No apures ni retes:

Lo digo por experiencia propia: cada uno tiene su ritmo. Es importante incentivar pero no apurar ni retar. Queremos que nuestros hijos disfruten el nado, no que se convierta en una tortura. Entre 20 y 30 minutos de “clase” es  más que suficiente para practicar algo nuevo. El resto debe ser puro disfrute y volver a intentar otro día.

El estilo no importa:

Que nuestros hijos naden como perrito, pecho o mariposa es algo que lograrán con el tiempo. Lo primero es saber flotar y lograr la propulsión a través del pataleo. Más que cómo mueven los brazos, la clave para no hundirse es mover siempre los pies.

Ojalá estas ideas te sirvan para empezar el lindo proceso de disfrutar el agua.

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