Este año, ¿fuimos buenos papás?

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¿Soy una buena mamá o papá? ¿Somos lo suficientemente buenos, al menos? ¿quedarán nuestros niños traumados por algo que hicimos o no hicimos? ¿pasamos suficiente tiempo con ellos? ¿los escuchamos todo lo necesario? ¿logramos enseñarles lo apropiado para su edad? Son las preguntas que nos hacemos todo el tiempo, pero que a fin de año reaparecen con fuerza a la hora de los balances.

Si alguna vez has dudado de tus habilidades como mamá o papá, no estás solo/a. Somos muchos los que estamos intentando hacerlo bien, pero tenemos dudas. Lo importante es no dejar que las inquietudes se instalen y nos llenen de inseguridades.

Una buena manera de evaluar cómo lo estamos haciendo es preguntándole a nuestros propios hijos “¿Hay algo que yo pudiera hacer para ser una mejor mamá o papá para ti?”

Las respuestas pueden ser sorprendentes y aliviar esa carga de culpa cuando no hemos estado lo suficiente.

Lo otro es contrastar las dudas con la realidad y tener expectativas razonables.

Por ejemplo, yo siempre me pregunto si mis hijos tienen suficientes amigos: como son de carácter fuerte, temo que no sean amables con el resto y, entonces, los excluyan. Pero cuando veo cuánto los llaman y cuánto los vienen a buscar los amigos del barrio; o los observo en los paseos y encuentros con amigos, me doy cuenta de que sus relaciones son completamente normales. Es verdad, ninguno ha salido Mejor Compañero, pero ahí debería recordar las expectativas razonables.

Probablemente lo más costoso es cuando uno confirma que sus dudas son reales. Efectivamente uno de mis hijos no se está portando bien en el colegio. Efectivamente otro requiere más ayuda en lo académico. Y me ha costado no culparme por eso. Pero me consuelo pensando que tanto los niños como nosotros, estamos en proceso de aprendizaje. Nadie es perfecto y el resultado se verá a largo plazo. Este año aprendimos a pedir ayuda. A entender que no todo lo podemos resolver los padres. Y el alivio ha sido enorme.

Por último, algo que también ayuda con las dudas sobre nuestras habilidades parentales, es hablar con otros que nos quieran y que quieran a nuestros niños. Los abuelos, los tíos, los amigos verdaderos, nos pueden dar una retroalimentación valiosa sobre nuestros procesos de crianza. No se trata de consultarlo todo, pero a veces, contrastar nuestros temores con alguien que nos quiera, nos puede ayudar a poner paños fríos y tener una visión más objetiva del problema.

En mi experiencia, este año ha sido de mucho aprendizaje. Estamos creciendo y se está haciendo patente eso que dicen las señoras sabias: Niño chico, problema chico; niño grande, problema grande. Estamos llegando al punto en que los problemas de nuestros niños se están complejizando y los desafíos aumentan.

Pero en la suma y resta, vamos por buen camino.

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