La chilenidad

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Durante las Fiestas Patrias, Papá y yo nos empeñamos en inculcar el espíritu nacional a los niños y sumarnos a las celebraciones dieciocheras en algo más que un buen asado. No siempre nos resulta.

Todos los años el Colegio hace su parte con la representación de bailes típicos y fiestas costumbristas. Yo aporto vistiéndolos adecuadamente. Este año, mientras buscaba los trajes de chilota y huaso, fue imposible no acordarme de mi madre cuando se torturaba después del trabajo cosiendo una falda floreada que pareciera de huasa, mientras hoy yo me paseo campante por cualquier feria lista para consumir por módico precio los trajes correspondientes gracias a que el comercio se adelanta y nos trae los atuendos típicos en calidad Bafona, para todas las tallas y gustos.  

Pero para no dejarle toda la pega al centro educativo, al fin de semana siguiente partimos a la fiesta de la chilenidad del barrio.

Y una vez más nos fallaron las expectativas.

Mientras yo vislumbraba una tarde ideal en familia, mirando bailes típicos, contestando preguntas curiosas sobre nuestra patria y sacándonos selfies divertidas para compartir, la realidad se impuso con su crudeza: ¨mamá, estoy aburrida”, “mamá, cómprame burbujas, remolinos, cometas (la palabra volantín salió del vocabulario hace rato), churros, cómprame, cómprame”, “mamá, quiero pipí”, “mamá, quiero ir a los juegos”, “mamá, qué fome los bailes”, “¡mamá, me quiero iiiir!”

Y nosotros insistiendo con la cantinela de todo padre: “No vamos a comprar nada.” “Vinimos a ver a los animales.” “¡Mira qué lindos los caballos!” “¡Niños córtenla de molestar!” “¡Última vez que salimos con ustedes!”.

Sin embargo, como los pequeños tiranos no dan tregua en algún momento uno se rinde y termina comprando la burbuja, el remolino, la cometa, el helado, la bebida, el churro, la empanada y el sinfín de productos de rigor.

Una vez más terminé reflexionando sobre bajar las expectativas. Últimamente eso se ha convertido en mi mantra de maternidad, porque cuando uno deja de resistirse y vive el momento como viene, la cosa fluye mejor: unos animales por aquí, unos bailes por allá y finalmente una simple acequia a la que tirar palitos para ver a dónde llegan, armaron una tarde medianamente agradable. Aunque no sé si mis niños se sintieron más chilenos o si aprendieron cosas nuevas. Seguiremos tratando el próximo año.

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