La niña perdida de la plaza

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En algunas ocasiones, muy pocas, me siento una súper mamá. Llevar a los tres niños a la plaza es una de ellas. Pero la vida siempre se encarga de bajarme los humos.

Contrario a otras mujeres, pasarme la tarde persiguiéndolos para que no se maten a tortazos desde lo más alto del tobogán, y sonriendo ante cada grito de “¡Mamá, mira! ¡Mira, mamá!”, se me hace igual que subir el Everest.

No, la plaza no es mi panorama favorito. Pero aplicadamente lo hago e intento no ver el teléfono, ni llevarme un libro. Lo intento. Los empujo en los columpios y les celebro las hazañas cuando logran colgarse solos de las barras o hacen un castillito de arena.

Sin embargo, la situación mejora notablemente si logro animar a alguna amiga o vecina en las mismas condiciones que yo para darnos un espacio de conversación mientras los niños revolotean y gritan a gusto.

Pues en esa me encontraba yo, en un parque junto a dos amigas, felices de la mutua compañía y sintiéndonos las mejores mamás del mundo por haber movido nuestra humanidad hasta una mantita de picnic.

Nuestros niños jugueteaban felices, nosotros confiábamos que entre ellos se estaban mirando, y que si alguno sufría algún peligro otro vendría a avisar. Cada cierto rato alguna echaba un vistazo hacia ellos y los contaba para confirmar que estaban todos.

Sin embargo, en medio de nuestra animada conversación, otra mamita se acercó y nos preguntó si alguna de nosotras se llamaba Sofía, porque andaba una niña perdida buscando a su mamá. Contestamos amablemente que no y nos miramos con cara de alivio: obviamente había en ese parque una más despreocupada que nosotras. Nos reímos brevemente y comentamos lo volada que tendría que ser una mamá para haber perdido una hija.

Incluso conté que en la última fiesta de la chilenidad a la que habíamos asistido, habían llamado varias veces por alto parlante a los padres de ¡seis niños! que se encontraban perdidos en el retén móvil. Reímos con ganas y medio de reojo, nos pusimos a visualizar a los nuestros.

Ema salía del tubo del refalín y yo estaba segura de que a continuación vería aparecer a Lía. Pero no.

Le pregunté si la había visto y me dijo que andaba con Max. Él jugaba a la pelota con niños desconocidos y claramente no estaba con ella.

Inmediatamente me puse frenética a buscarla, maldiciendo mi despreocupación. Ya estaba pensando en llamar a Carabineros y al borde del grito histérico, cuando apareció la misma mamita que había preguntado por Sofía trayendo a Lía en brazos.

Mi chinita lloraba gritando mamá y yo sólo atiné a abrazarla. Y claro, en su precario lenguaje había dicho que su mamá se llamaba “ía”. María, Sofía, la misma cuestión…

Después de castigarme mentalmente, decidí que sentirme culpable no valía la pena y que mejor agradecía que no había pasado nada, porque ¿a qué mamá no se le ha perdido un niño aunque sea unos segundos?

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