Los niños y el terremoto

shutterstock_85214245

El terremoto del 16 de Septiembre de 2015 será el primero del que mis niños tendrán recuerdo. Para el 2010 estaban dormidos como troncos y felizmente no despertaron a pesar del ruido y del movimiento. Pero esta vez no. Esta vez, estábamos todos despiertos.

Nos encontrábamos fuera de Santiago, sin Papá y con los abuelos. Lía deambulaba con pijama puesto, Ema conversaba con la abuela y Max estaba en plena pelea conmigo para que se pusiera el pantalón de dormir. Mientras saltaba por la pieza a poto pelado, arrancando de mis instrucciones, sentimos el ruido ronco de la tierra y luego el agudo de los vidrios. Y como estábamos en una casa de adobe, mi reacción fue instantánea: “¡Todos afuera!”.

Los niños no entendían nada. El abuelo tomó en brazos a Lía, Ema lloraba abrazada a su abuela y yo acarreaba a Max a quien no alcancé ni a ponerle zapatos. El pobre agarrado a mí, tiritaba de nervios y de frío, con sus piernas expuestas al aire gélido de la noche, mientras el movimiento no acababa nunca. Tratando de reírnos un poco, nos acordamos de la canción de Mazapán y eso de que a la tierra le pica algo. Max, en su angustia preguntó que cuánto le duraba el “picoteo”, mientras yo lo abrazaba diciéndole que pasaría al tiro y secretamente suplicaba que terminara de una buena vez.

En Chile conocemos de temblores. Somos expertos en ellos. En sentirlos y en identificar rápidamente cuándo un movimiento pasa de ser un temblor para convertirse en un terremoto con todas sus letras. Ése fue el mensaje que nos mandamos con la mirada entre los abuelos y yo al comprobar que esta vez se trataba de algo serio y no de un “simple movimiento telúrico”.

Pero como estábamos con niños en un acuerdo tácito decidimos bajarle el perfil y hablar de un temblorcito. La ausencia de grandes destrozos más la inexistencia de televisión nos ayudaron en esos primeros momentos a no aumentar el pánico y logramos ponerlos a dormir a pesar de las réplicas.

A la mañana siguiente y después de pasar una noche a saltos (con cada réplica nocturna preguntaban muertos de sueño “¿es otro terremoto, mamá? Noooo, si ya está pasando”) logramos conversar más calmadamente. Ema no quería ni oír sobre el tema, pero junto a su abuela la convencimos de que era bueno echar afuera y hablar sobre los miedos.

Después de explicarle que era normal sentirse así, pasó del susto al orgullo al entender que los chilenos somos bacanes frente a un terremoto: no se nos caen los edificios, sabemos mantener la calma y estamos acostumbrados a vivir con la tierra en movimiento.

Ella y Max se sintieron héroes al enterarse de que lo que habían vivido era un terremoto y no un temblorcito como les habíamos dicho en la noche. Les explicamos muy suavemente que en otras partes sí había gente que había quedado con problemas y que intentaríamos ayudarlos mandándoles ropa y juguetes que ellos mismos se ofrecieron a elegir. Fue una buena manera de interesarlos en el desastre con algo posible de resolver para ellos.

Creo que esta vez zafamos bien con lo de la contención emocional y si bien aún se asustan con algún ruido inesperado, me parece que no han quedado con un gran trauma. Al menos, no con uno más grande que cualquier chileno promedio.

Para chequear cuál era la actitud correcta con los niños después de un evento telúrico, llegué a las recomendaciones del Centro de Estudios y Promoción del Buen Trato de la Universidad Católica. Aquí se las dejo:

  • Hablar sobre lo ocurrido: Chequear qué entienden, darles información adecuada a la edad que sea realista y a la vez tranquilizadora.
  • Brindar contención emocional: validar y normalizar la expresión de las emociones asociadas a lo que vivieron, reasegurar al niño. También es importante permitirle estar afligido por los seres y objetos que pudo haber perdido.
  • Mantener unida a la familia: evitar enviar al niño a otro lado y velar porque siempre esté acompañado por alguien conocido.
  • Brindar confort físico: darle más cariño que de costumbre y velar porque las necesidades básicas y comodidad estén satisfechas dentro de las posibilidades. Es importante acoger y comprender la necesidad del niño de tener mayor cercanía.
  • Reasumir sus rutinas: esto permite que el niño recupere la sensación de control y predictibilidad y muestran al niño que la vida va volviendo a la normalidad.
  • Motivar la expresión a través del juego: el juego permite a los niños procesar lo ocurrido y constatar que, a pesar de todo, es posible volver a reír y disfrutar.
  • Evitar la sobreexposición a noticias.
  • Transmitir esperanza.

El documento completo lo encuentras aquí.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público.