¿Es necesario observar todo el tiempo a nuestro recién nacido?

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El mercado de productos para vigilar a nuestros pequeños, especialmente durante sus primeros meses, crece cada vez más. Pero ¿son realmente necesarios tantos aparatos?

Seguramente los grupos de abuelas deben comentar entre ellas lo curiosas que somos las madres actuales al llenar a nuestros hijos de adminículos de seguridad que el mercado y la medicina se han encargado de convencernos de que son esenciales.

Sin duda, algunos son muy importantes. Nadie puede discutir lo clave que es llevar a las guaguas y niños amarrados al dispositivo correcto en el auto. Algo impensado hace 30 años atrás en que las guaguas viajaban en brazos de algún adulto, o derechamente sueltas dentro de un moisés.

Sin embargo, los artefactos de vigilancia y protección infantil distan mucho de haberse quedado en las sillas de auto. Hoy es posible encontrar desde calentadores de mamaderas “a la temperatura perfecta”, pasando por “traductores” de llanto que prometen interpretar qué le pasa al recién nacido, hasta mantas que avisan si han abandonado el cuerpo de la guagua y sensores de deglución para saber cuánta leche materna tomó mientras estuvo adosada al pecho de la madre (contando la cantidad de veces que traga).

Todos los papás primerizos estamos nerviosos de hacerlo bien y no meter la pata. Yo misma obligué a mi marido a dormir con una luz encendida durante 4 meses al nacer nuestra hija mayor, para no “demorarme” en prenderla cuando hacía algún crujido raro (= normal).

El mercado ha sabido captar esa incapacidad de todos los padres -primerizos principalmente- de decir que no a un producto que promete hacer la diferencia entre la salud y la enfermedad de un hijo. Y hoy ofrecen los gadgets más increíbles basados en esa necesidad.

Pero si mi guagua es saludable ¿es necesario conocer toda esta información para mantenerla sana o fuera de peligro? Los médicos son tajantes: absolutamente NO. Si los padres se sienten más tranquilos utilizándolos, es perfectamente lícito. Pero ninguna acción médica se tomará en función de los datos que entreguen estos aparatos. Y tanta vigilancia puede ser contraproducente.

Aún recuerdo a un amiga que me decía lo tranquila que se sentía de volver a la casa con su guagua recién nacida, gracias a que su marido le había traído una cámara especial que la vigilaba en todo momento, avisándole cada vez que gemía o se movía (o sea, se comportaba como era esperable). Al cabo de unas cuantas semanas, su angustia cuando la máquina no emitía sonidos, había aumentado a niveles considerables. En vez de “confiar” en el aparato, sospechaba del silencio y terminó pegada al lado de la cuna para “cerciorarse” de que todo estaba funcionando bien: la guagua y… ¡la máquina!

En el minuto en que dejó de ocupar la fantástica cámara, volvió a respirar tranquila y dejó a su guagua dormir en paz.

Porque como me dijo sabiamente mi pediatra, “si una guagua necesita un monitoreo permanente de sus signos vitales, probablemente no habría sido dada de alta del hospital y estaría en una unidad de cuidados neonatales”.

Entre tanta oferta, creo más sano hacerle caso a nuestro instinto y sentido común. Ninguna máquina será más eficiente en determinar el tipo de llanto de una guagua, que el propio oído de sus padres. La naturaleza nos ha dotado de un estupendo arsenal de dispositivos para saber cuándo hay problemas con nuestros hijos. Es cosa de aprender escucharlos.

Y aunque me declaro dentro de ese grupo, siempre es bueno recordar que las mamás y papás sobreprotectores pueden causar más problemas que beneficios en el futuro de sus hijos.

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