Recién Nacido: ¿visitas a la casa o la clínica?

Mano de recién nacido agarra el dedo de una mano adulta.

La llegada de un recién nacido es un gran acontecimiento. Y todos quieren visitarlo. Algunas mujeres prefieren recibir en la clínica u hospital. Otras en la casa. Aquí las razones de cada una.

Sin duda la primera experiencia siempre marca, y mi preferencia respecto de las visitas tiene que ver con mi llegada a la casa como primeriza.

El trauma después de mi primer parto…

Aún recuerdo que el nacimiento de Ema había sido precioso. Estábamos dichosos. En una burbuja de felicidad con enfermeras dispuestas a ayudarnos en cada tarea. Visitas que nos colmaban de felicitaciones y nos llevaban de regalos. Nada parecía muy grave. Que no tomara mucha papa o que yo no supiera mudar, eran detalles menores.

Pero al momento del alta el doctor se percató de que las cosas no andaban tan bien con mi guagua. Su falta de fuerza y mi inexperiencia hicieron que perdiera más peso del que debía. No había logrado comer lo suficiente. El pediatra nos autorizó a irnos solo con la condición de que le diera papa cada dos horas, durante dos días. Luego de eso, debíamos volver a control. Si no había subido, habría que dejarla hospitalizada.

Sentía que fallaba como madre en la primera tarea. Llegamos a la casa con muy nerviosos. Luego de varias horas de intentos fallidos y pañales secos, logramos que empezara a tomar. El alivio fue enorme. Pero la tarea también era grande.

Dar papa cada dos horas significaba pasarme al menos 40 minutos intentando que chupara. Luego otros 20 sacando “chanchitos”. Luego 30 más mudando y limpiando correctamente con el agua a la temperatura justa, la vaselina, el algodón. Y otros 10 minutos poniendo la ropita nueva. Aprendiendo a meter la cabeza, los brazos y las piernas hiperlaxas. Finalmente acunando y haciendo dormir.

Para luego intentar dormir yo, algunos minutos, antes de volver a empezar todo de nuevo.

… y el horror de recibir visitas en la casa

En ese contexto, recibir visitas empezó a parecer una pesadilla. Pensar en “atender” a alguien que no fuera mi guagua. Poner cara de interés en una conversación que no fuera sobre el drama de amamantar cada dos horas. O servir alguna comida que no saliera de mí, me parecía simplemente imposible.

Pero muchas personas no habían alcanzado a llegar a la clínica a ver a nuestra pequeña. Muchos también habían preferido visitarnos a propósito en la casa. “Cuando estén más tranquilos”, pensaron.

La situación llegó a un punto crítico, cuando en medio de mi falta de sueño y cansancio máximo, una prima apareció con sus cuatro niños en la puerta del edificio. Por el citófono le hice saber que no quería que subiera. “¿Pero cómo?, si ya estamos acá abajo. Es sólo un segundo”.

Ese día me convertí en la maleducada número uno. Pero me mantuve firme y le pedí que se fuera. No era capaz de ver a nadie.

Los caóticos días en la casa terminaron bien y logré cumplir la meta. Ema comenzó a subir de peso y ya no fue necesario darle papa cada dos horas.

La felicidad de las visitas a la clínica…

Pero el trauma de esos dos días dejó huella.

Y desde entonces prefiero las visitas en la clínica. Ahí siempre es posible llamar a una enfermera que aleje a las visitas lateras con un “voy a pedirles que salgan mientras la reviso”. Así que con mis siguientes hijos, no transé. Las visitas se recibieron en la clínica. Y advertí que no recibiría en la casa.

… o el trauma de las visitas a la clínica

Sin embargo, para mi hermana la preferencia es completamente opuesta.

Para ella estar hospitalizada, aunque sea por un parto, es algo tan íntimo y personal, que recibir visitas le incomoda enormemente.

“Eso de tener que conversar con tu jefe o con las primas de tu mamá en pijama, con cara de recién parida y el cuerpo desarmado, me parece muy poco digno. O sea, yo agradezco que me vayan a ver. Pero prefiero mil veces que vayan a mi casa. Ahí ya no me veo enferma y estoy vestida como corresponde”.

Debo decir que tiene un punto. Pero no es lo muy convincente para mí.

Yo sigo insistiendo que las visitas a la casa cuando estoy con la cabeza puesta en la guagua —y no en si queda café o galletas para ofrecer—, no me acomodan.

Tú ¿qué prefieres?

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